2001
Hasta el momento, el debate sobre la calidad de la educación en Costa Rica se hacentrado en, por una parte, los esfuerzos del Gobierno de la República para mejorar losaspectos cuantitativos y cualitativos del proceso educativo y, por otra, en laresponsabilidad que le compete al personal docente.
En el primer caso, el país conoce de una profunda renovación que se expresa en másaulas, más pupitres y el mejoramiento de otros factores, ya conocidos por la opiniónpública. En el segundo, aún persisten dudas sobre el verdadero compromiso delpersonal docente con una labor que, antiguamente, estaba ligada a un deber vivencialde nuestros maestros y profesores. Parece, sin embargo, que otros actores involucradosdebieran asumir un rol mucho más activo, en todo caso, en cumplimiento de sus propiosdeberes.
Nos referimos, en particular, a quienes tienen la obligación de preparar,profesionalmente, a los estudiantes que optaron por la carrera docente., es decir, lasUniversidades. Muchas personas estarán de acuerdo conmigo en que el nivel profesionalde maestros y profesores es, en muchos casos, algo más que deplorable.
La pregunta ¿quién educa al educador? es, en ese sentido, fundamental. Parece ser quepor el faltante de educadores, los centros universitarios privilegiaron la velocidad y nola calidad, por lo que la responsabilidad de las deficiencias encontradas, en niños yjóvenes, son, fundamentalmente, responsabilidad de las propias universidades. Si loseducandos no dominan la redacción y la ortografía, si no desarrollan su potencialidadlógica y abstracta, entre otras privaciones, las universidades debieran dar cuenta del tipode profesional que han formado.
En ese contexto, no sería inadecuado poner atención a las recientes medidas del Ministerio de Educación, en El Salvador, mediante las cuales se elevan losrequerimientos mediante los cuales se puede acceder al estudio de las carreras docentes:notas mínima para ingresar, examen de ingreso y dedicación completa para el estudio.Podrán ser limitadas pero, obviamente, coadyuvan en la dirección correcta.
No se trata de negar los esfuerzos que las universidades nacionales, públicas y privadas,realizan a favor de ese mismo objetivo; pero sí de llamar la atención sobre la necesidadde entender que, con o sin aulas, 200 días o libros de texto, la preparación de losdocentes no es cuestión meramente baladí que fácilmente puede olvidarse en el debateeducativo.
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